Conoce lo poco que falta, pero está tranquila. El tono cada vez más elevado de los cantos es, como la flecha dorada que hizo brotar el río, la señal que confirma el inminente cierre del círculo, y serenamente lo espera. Mira a un lado y ve rostros desencajados por el éxtasis, todo lo envuelven las escandalosas risas que no escucha, pues ya ha comenzado a transitar la senda diáfana, y nada existe salvo paz.
¿Cómo expresar este tiempo sin tiempo? ¿Cómo etiquetar la eternidad en la que, sumergida, experimenta toda una existencia? Cuando brote la palabra que acoje un universo (que encierra todos los universos alguna vez imaginados), ¿cómo la escuchará?
Son estas incógnitas los últimos coletazos de la vulgaridad aletargada del ser que podría temblar pero no lo hace, y con perfecta serenidad, se entrega a caminar el Último Sendero, alejándose del sombrío prado, cada vez con menos frío.
Las palabras van dejando de ser pronunciadas, de sonar, de significar. Queda sólo la perfección, el ohm que nada alcanza la dignidad de compararse, ni siquiera la débil luz que las estrellas regalan al errante.
Y se eleva sutil. Como se elevan las voces y los cánticos. La mano (¿todas las manos? ¿el Creador, acaso?) la hace levitar con la suavidad de una caricia que se torna pronto en abrazo firme, en una implacable constricción que trae el Sufrimiento, un súbito desgarro que dura lo que dura un final.
- Casi no la abres, mono… ponme un poquito de vino de ése, hazme el favor, que me tienen seco.