El Último Sendero

Conoce lo poco que falta, pero está tranquila. El tono cada vez más elevado de los cantos es, como la flecha dorada que hizo brotar el río, la señal que confirma el inminente cierre del círculo, y serenamente lo espera. Mira a un lado y ve rostros desencajados por el éxtasis, todo lo envuelven las escandalosas risas que no escucha, pues ya ha comenzado a transitar la senda diáfana, y nada existe salvo paz.

¿Cómo expresar este tiempo sin tiempo? ¿Cómo etiquetar la eternidad en la que, sumergida, experimenta toda una existencia? Cuando brote la palabra que acoje un universo (que encierra todos los universos alguna vez imaginados), ¿cómo la escuchará?

Son estas incógnitas los últimos coletazos de la vulgaridad aletargada del ser que podría temblar pero no lo hace, y con perfecta serenidad, se entrega a caminar el Último Sendero, alejándose del sombrío prado, cada vez con menos frío.

Las palabras van dejando de ser pronunciadas, de sonar, de significar. Queda sólo la perfección, el ohm que nada alcanza la dignidad de compararse, ni siquiera la débil luz que las estrellas regalan al errante.

Y se eleva sutil. Como se elevan las voces y los cánticos. La mano (¿todas las manos? ¿el Creador, acaso?) la hace levitar con la suavidad de una caricia que se torna pronto en abrazo firme, en una implacable constricción que trae el Sufrimiento, un súbito desgarro que dura lo que dura un final.

- Casi no la abres, mono… ponme un poquito de vino de ése, hazme el favor, que me tienen seco.

El don de la ubicuidad

Este fin de semana pasado tuvo como banda sonora la música de The Beatles, sobre todo las melodías y las letras de los estribillos. Hoy no voy a demorarme demasiado en enlazar las ideas principales que me rondan, pues no analizarás recursos literarios en los espadartes en vano, si bien antes de empezar quiero sugerir una sonorización figurada del post, con la canción In my life: destínese una sección del cerebro multitarea a tararear “There are places I remember…“, y otra a leer lo que sigue. Quizás de este modo el acercamiento a mi relato resulte más entrañable.

Parece ser un lugar común en las referencias artísticas la vinculación de la felicidad con una ubicación, con una entidad física que puede ser tan variada como la vida haya deparado al viviente. Todos tenemos (ojalá así sea) un Jaral, un Cima Club o un Funchal en el que nos dedicamos en su momento a caminar, a jugar, a reír y a querer, sin sospechar cuánto tiempo nos íbamos a quedar allí después de que nos fueramos y nos saliera barba. El resto de la vida luce como una anécdota, como las dos frases con las que eres capaz de describirla a un amigo o familiar que te tenía la pista perdida.

Para hablar de estos lugares, sirven de poco los recursos descriptivos o las fotografías. Por lo menos al otro, al que nos escucha. A los relatores, nos servirá para volver a esa otra vida que merece la pena y que íntimamente hemos elegido. Suele ser característica la indiferencia de quien evoca ante lo evidentemente ajeno que al receptor resulta la avalancha de minúsculos detalles de estas reconstrucciones históricas, tan llena de preciosos errores e incorporaciones falseadas. Basta que un hecho se repitiera una cuantas veces para que en nuestra mítica concepción fuese el elemento determinante de toda una época, la dedicación principal. Y aquí quiero recordar las excursiones al moral y a la galería, el un dos tres por mí y por todos mis amigos y los paseos por la avenida del puerto de Funchal.

En un rincón aparte, reservado y de lujo, están los detalles insustanciales que inexplicablemente se quedaron grabados en un lugar honorífico, sin saberse el motivo. Estos eventos son especialmente susceptibles de falseo en la memoria, tanto que puede que ni existieran, y lo que se recuerde sea el reflejo de otro recuerdo.

Para celebrar que, según mis cálculos, ya necesito dos manos para contar la gente que me lee, voy a regalarme recordar tres de estos momentos excepcionales, al hilo de los ejemplos mencionados, con mi cariñosa indiferencia para quienes no estaban conmigo y no saben de qué hablo. Un mañana de julio, por ejemplo, muy temprano, preparando las cantimploras y buscando la gorra después de haber desayunado en el patio. O una mañana de domingo, después de misa (esta parte la destaca siempre Pablo), jugando un rápido con la cancha mojada. O, para terminar, una perfecta imitación del Capitán Zarco a las puertas de su quinta.

Pon un mono al timón

En las tardes grises de abril, en el Charcón, Luna parece disfrutar quedándose atrás, a veces descubriendo lo cambiante que es el alcance de las olas, a veces sólo oliendo la arena mojada. Cuando se da cuenta de que me alejo, echa a correr, me adelanta unos diez metros, y regresa a sus asombrosas investigaciones. Pudiera parecer que nada importa más a esa perrita, en ese momento, que el juego de estar muy atenta a la llegada del agua para saltar hacia atrás. Pero entonces, sólo hace falta un amago, el gesto de agacharse, para que venga corriendo con la orejas levantadas, la mirada muy fija en la mano cerrada, y todo su ser preparado para arrancar a correr en busca de la piedra lanzada. El resto es de sobra conocido: llegada a la piedra, recogida con la boca, suelta inmediata, y retorno a toda velocidad. Si hay más proyectiles, continúa el ritual (siempre que no se canse o aburra), y si no, vuelta al agua y la arena.

Igual que Luna, me descubro bastante gustoso de perseguir piedras, si bien soy yo quien las lanza, casi siempre muy bien acompañado. Ocasionalmente y engatusado por los placeres de imaginar lo lejos que pueden llegar las piedras, llega la poesía y el ensueño: planeo los recorridos, me dejo atrapar por las incógnitas propias a esa búsqueda que tanto me obsesiona. Y me dejo llevar… y menosprecio las muchas trabas que la razón y las palabras amigas me señalan. Pocas veces aprendí en ejemplos ajenos. Quizás transito una juventud basada en el ensayo-error como si, en algunos aspectos, la Humanidad empezara en mí.

No me arrepiento de nada: aunque muchas búsquedas quedaron a la mitad, ninguna fue abandonada. Palabra de arqueólogo, surfista, escritor, mochilero, fotógrafo, astrofísico, cineasta, guitarrista y hasta bajista.

A pesar de la pena que me dan las piedras que todavía no lancé, como la piedra-kayak y la piedra-Latinoamérica, lo cierto es que me gusta notar el peso de alguna en el bolsillo.

El primer mamut

Para mí, un mamut es un animal simpático, grandote y bueno, amigo del cavernícola Gruñón en Las aventuras de Gruñón y el mamut peludo, de Barco de Vapor. Esta fue la percepción que tuve, con seis o siete años, y por ser la primera, permanece ahí, imperturbable: aunque no aparezca en el pensamiento de manera explícita, ni siquiera clara, un mamut es un concepto divertido. Seguramente, en las profundidades formateadas (no borradas) de la psique, la palabra mamut provoque una minúscula descarga eléctrica que recorra sectores felices. La colección del Barco de Vapor tenía, ahora lo considero así, la capacidad de ilusionar con “lo que te quedaba por andar”: la colecciones se dividían, creo recordar, en tres gamas de distinto color en función de la edad del lector. Así, los más infantiles eran de portada azul, con ilustraciones y letras enormes, seguidos por las naranjas y las rojas, que debían ser más juveniles (a partir de 12 años). Además del mamut, estaba Aniceto Vencecanguelos, un libro del que no recuerdo casi nada, salvo que fue un tiempo mi preferido. Y Gran-Lobo-Salvaje, posiblemente el primer libro que me hizo llorar (se muere un perrito, de viejo).

Las aventuras de Gruñón y el mamut peludoAniceto VencecanguelosGran-Lobo-Salvaje

Me gusta insistir en la suerte que hemos tenido mis hermanos y yo, desde niños, por contar en casa desde siempre con una biblioteca tan buena. Tanto que hoy me sigue resultando enorme y llena de milagros: Borges, Cortázar y Hemingway, por ejemplo, llevaban toda la vida allí apoyados. Quienes me conocen sabrán bien (gracias a la efectividad de la repetición) la marca dejada por estos hallazgos.

Puede que tras el ansia de que quienes quieres también lean, se esconda el deseo de regalar a otro la sensación de pisar la arena en el mismo momento en que se retira la ola, dejando una huella llena de destellos de luz cambiante, como son esas primeras lecturas, esas futuras corrientes eléctricas. Y que de este modo, y con anterioridad a cualquier otra idea que llegue después, Los Urales siempre sean las montañas nevadas donde cazaba Pedro con su abuelo, un jabalí sea la comida preferida de Obélix, y Katmandú sea de donde partió Tintín en busca de Tchang.

Queriendo terminar en la infancia, me quedo con el olor de los libros nuevos de Tintín y la alegría que suponía, al cerrarlo, medir con los dedos todo lo que faltaba para terminar.

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Erizos de Lima no, de los otros

Lo falso es que estoy en San Telmo con mi gente y el amigo Horacio, y que aunque llevo casi tres cuartos de hora dentro del agua, todavía no he empezado a congelarme. Así que no tengo idea de salir: estoy a la espera de que esta racha pase para entrar por la corriente. Aclaro que sin alardes, esto es, con la única y hedónica razón de jugar con el mar, por supuesto sin ánimo de extranjera admiración ni local recriminación (de las que además la miopía me mantiene ajeno), ni intención de rasparme el pecho contra los riscos, otra vez.
Hoy no es que no estuviera el día para nadar, de hecho aquí tengo las gafas atadas al bañador. Es esta marea baja de finales de verano (ya pronto se termina septiembre) la que nos deja horas aquí, voluntariamente varados en estos riscos cubiertos de pequeñísimas lapas, diciendo frases sueltas entre las risas más elementales.
Pensaba que a estas alturas del verano ya estarían pisados todos los erizos, pero me equivoqué. ¿Cuándo suba la marea me quito los picos? ¿o hay que aprovechar ahora que está baja? Es una fantasía, pero tampoco me lo quiero inventar.
Lo cierto es que parece que va a llover, que mejor busco luego un disfraz abrigado (tengo un poco de catarro) y que ya avisé a Horacio para que cuente conmigo cuando compre el ron.

Al final, llegó el principio

Como buen blog con muchas (muchísimas) opciones de ser abandonado tras la euforia inicial, es en esta presentación donde la ambigüedad debe dejarse sentir. No sé para qué lo quiero, pero lo quiero (se ruega a los sociólogos que no se reclinen y pongan sus manos tras la nuca, satisfechos con la explicación consumista, porque no es así: consumismo negacionista me gusta más). Puedo plagiar a mi buen amigo Pepo, perro verde donde los haya, y encontrar una excusa – obligación a la escritura. Eso también me gusta, mis empáticos nuevos lectores comprenderán en este punto lo rápido (a veces tardo horas) que convierto un folio en blanco en un folio tachado.

Llevo un rato teniendo muy presente a Kafka. El verano que cumplí los 18 años fueron Kafka, Tolstoi y Hesse, en dosis únicas. Hay dos datos anecdóticos en la vida de Franz que tengo muy presente, y cada vez que tengo ocasión, los cuento: invariablemente, escribía por las noches, con una estricta adecuación al horario de trabajo en la compañía de seguros que tan desgraciado le hacía. Y, cuando se estaba muriendo de tuberculosis, pidió a su amante y a su mejor amigo que quemaran sus escritos, hecho que llevó a cabo ella, pero no el amigo. Siempre me dio pena la obediente novia. También rabia, pero sobre todo pena.

Acabo de encontrarle un sentido nuevo al blog, y es soltar temas, dejarlos flotando, y que ustedes sean muy 2.0 y comenten los hilos que les interesen. Y tampoco veo mal que esos temas sean reflexiones sin venir a cuento como esta de Kafka.