Pon un mono al timón

En las tardes grises de abril, en el Charcón, Luna parece disfrutar quedándose atrás, a veces descubriendo lo cambiante que es el alcance de las olas, a veces sólo oliendo la arena mojada. Cuando se da cuenta de que me alejo, echa a correr, me adelanta unos diez metros, y regresa a sus asombrosas investigaciones. Pudiera parecer que nada importa más a esa perrita, en ese momento, que el juego de estar muy atenta a la llegada del agua para saltar hacia atrás. Pero entonces, sólo hace falta un amago, el gesto de agacharse, para que venga corriendo con la orejas levantadas, la mirada muy fija en la mano cerrada, y todo su ser preparado para arrancar a correr en busca de la piedra lanzada. El resto es de sobra conocido: llegada a la piedra, recogida con la boca, suelta inmediata, y retorno a toda velocidad. Si hay más proyectiles, continúa el ritual (siempre que no se canse o aburra), y si no, vuelta al agua y la arena.

Igual que Luna, me descubro bastante gustoso de perseguir piedras, si bien soy yo quien las lanza, casi siempre muy bien acompañado. Ocasionalmente y engatusado por los placeres de imaginar lo lejos que pueden llegar las piedras, llega la poesía y el ensueño: planeo los recorridos, me dejo atrapar por las incógnitas propias a esa búsqueda que tanto me obsesiona. Y me dejo llevar… y menosprecio las muchas trabas que la razón y las palabras amigas me señalan. Pocas veces aprendí en ejemplos ajenos. Quizás transito una juventud basada en el ensayo-error como si, en algunos aspectos, la Humanidad empezara en mí.

No me arrepiento de nada: aunque muchas búsquedas quedaron a la mitad, ninguna fue abandonada. Palabra de arqueólogo, surfista, escritor, mochilero, fotógrafo, astrofísico, cineasta, guitarrista y hasta bajista.

A pesar de la pena que me dan las piedras que todavía no lancé, como la piedra-kayak y la piedra-Latinoamérica, lo cierto es que me gusta notar el peso de alguna en el bolsillo.

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