El don de la ubicuidad

Este fin de semana pasado tuvo como banda sonora la música de The Beatles, sobre todo las melodías y las letras de los estribillos. Hoy no voy a demorarme demasiado en enlazar las ideas principales que me rondan, pues no analizarás recursos literarios en los espadartes en vano, si bien antes de empezar quiero sugerir una sonorización figurada del post, con la canción In my life: destínese una sección del cerebro multitarea a tararear “There are places I remember…“, y otra a leer lo que sigue. Quizás de este modo el acercamiento a mi relato resulte más entrañable.

Parece ser un lugar común en las referencias artísticas la vinculación de la felicidad con una ubicación, con una entidad física que puede ser tan variada como la vida haya deparado al viviente. Todos tenemos (ojalá así sea) un Jaral, un Cima Club o un Funchal en el que nos dedicamos en su momento a caminar, a jugar, a reír y a querer, sin sospechar cuánto tiempo nos íbamos a quedar allí después de que nos fueramos y nos saliera barba. El resto de la vida luce como una anécdota, como las dos frases con las que eres capaz de describirla a un amigo o familiar que te tenía la pista perdida.

Para hablar de estos lugares, sirven de poco los recursos descriptivos o las fotografías. Por lo menos al otro, al que nos escucha. A los relatores, nos servirá para volver a esa otra vida que merece la pena y que íntimamente hemos elegido. Suele ser característica la indiferencia de quien evoca ante lo evidentemente ajeno que al receptor resulta la avalancha de minúsculos detalles de estas reconstrucciones históricas, tan llena de preciosos errores e incorporaciones falseadas. Basta que un hecho se repitiera una cuantas veces para que en nuestra mítica concepción fuese el elemento determinante de toda una época, la dedicación principal. Y aquí quiero recordar las excursiones al moral y a la galería, el un dos tres por mí y por todos mis amigos y los paseos por la avenida del puerto de Funchal.

En un rincón aparte, reservado y de lujo, están los detalles insustanciales que inexplicablemente se quedaron grabados en un lugar honorífico, sin saberse el motivo. Estos eventos son especialmente susceptibles de falseo en la memoria, tanto que puede que ni existieran, y lo que se recuerde sea el reflejo de otro recuerdo.

Para celebrar que, según mis cálculos, ya necesito dos manos para contar la gente que me lee, voy a regalarme recordar tres de estos momentos excepcionales, al hilo de los ejemplos mencionados, con mi cariñosa indiferencia para quienes no estaban conmigo y no saben de qué hablo. Un mañana de julio, por ejemplo, muy temprano, preparando las cantimploras y buscando la gorra después de haber desayunado en el patio. O una mañana de domingo, después de misa (esta parte la destaca siempre Pablo), jugando un rápido con la cancha mojada. O, para terminar, una perfecta imitación del Capitán Zarco a las puertas de su quinta.

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