El Último Sendero

Conoce lo poco que falta, pero está tranquila. El tono cada vez más elevado de los cantos es, como la flecha dorada que hizo brotar el río, la señal que confirma el inminente cierre del círculo, y serenamente lo espera. Mira a un lado y ve rostros desencajados por el éxtasis, todo lo envuelven las escandalosas risas que no escucha, pues ya ha comenzado a transitar la senda diáfana, y nada existe salvo paz.

¿Cómo expresar este tiempo sin tiempo? ¿Cómo etiquetar la eternidad en la que, sumergida, experimenta toda una existencia? Cuando brote la palabra que acoje un universo (que encierra todos los universos alguna vez imaginados), ¿cómo la escuchará?

Son estas incógnitas los últimos coletazos de la vulgaridad aletargada del ser que podría temblar pero no lo hace, y con perfecta serenidad, se entrega a caminar el Último Sendero, alejándose del sombrío prado, cada vez con menos frío.

Las palabras van dejando de ser pronunciadas, de sonar, de significar. Queda sólo la perfección, el ohm que nada alcanza la dignidad de compararse, ni siquiera la débil luz que las estrellas regalan al errante.

Y se eleva sutil. Como se elevan las voces y los cánticos. La mano (¿todas las manos? ¿el Creador, acaso?) la hace levitar con la suavidad de una caricia que se torna pronto en abrazo firme, en una implacable constricción que trae el Sufrimiento, un súbito desgarro que dura lo que dura un final.

- Casi no la abres, mono… ponme un poquito de vino de ése, hazme el favor, que me tienen seco.

Al final, llegó el principio

Como buen blog con muchas (muchísimas) opciones de ser abandonado tras la euforia inicial, es en esta presentación donde la ambigüedad debe dejarse sentir. No sé para qué lo quiero, pero lo quiero (se ruega a los sociólogos que no se reclinen y pongan sus manos tras la nuca, satisfechos con la explicación consumista, porque no es así: consumismo negacionista me gusta más). Puedo plagiar a mi buen amigo Pepo, perro verde donde los haya, y encontrar una excusa – obligación a la escritura. Eso también me gusta, mis empáticos nuevos lectores comprenderán en este punto lo rápido (a veces tardo horas) que convierto un folio en blanco en un folio tachado.

Llevo un rato teniendo muy presente a Kafka. El verano que cumplí los 18 años fueron Kafka, Tolstoi y Hesse, en dosis únicas. Hay dos datos anecdóticos en la vida de Franz que tengo muy presente, y cada vez que tengo ocasión, los cuento: invariablemente, escribía por las noches, con una estricta adecuación al horario de trabajo en la compañía de seguros que tan desgraciado le hacía. Y, cuando se estaba muriendo de tuberculosis, pidió a su amante y a su mejor amigo que quemaran sus escritos, hecho que llevó a cabo ella, pero no el amigo. Siempre me dio pena la obediente novia. También rabia, pero sobre todo pena.

Acabo de encontrarle un sentido nuevo al blog, y es soltar temas, dejarlos flotando, y que ustedes sean muy 2.0 y comenten los hilos que les interesen. Y tampoco veo mal que esos temas sean reflexiones sin venir a cuento como esta de Kafka.